Reflexiones días anteriores:

JULIO:

 

    

Tratar las ofensas

                             Día 31 Julio del 2015      Lectura: Salmo 136 


Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios;

que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe,

 y por ella muchos sean contaminados”

(Hebreos 12:15) 


                El tratamiento de las ofensas no es un tema que nos atraiga a priori. Pero los agravios son bien reales, ya sea que los evoquemos o no; constituyen un problema universal, una trampa en la que caen con regularidad los cristianos. De cualquier manera, las ofensas impiden el progreso en la vida cristiana y en la vida de la Iglesia. ¿Cómo las tenemos que tratar entonces? ¿Cómo podremos salvarnos de esta desastrosa experiencia? Numerosos cristianos oran y leen la Biblia, pero crecen poco ¿Por qué? Las ofensas los han infectado, creando situaciones de división en muchos lugares. Muchos hermanos anteriormente fieles se han enfriado por causa de ellas. Los agravios constituyen una de las principales herramientas que utiliza satanás para destruir las Iglesias.

                Las ofensas un arma sutil del enemigo

                 “Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen!” (Lucas 17:1). Este pasaje es importante. Los apóstoles habían pasado tres años y medio con el Señor; habían visto que a los ciegos se les devolvió la vista, que la tempestad había sido calmada, el viento había cesado, el cambio del agua en vino, la multiplicación de los panes y los peces, el andar sobre las aguas; habían asistido a muchos otros milagros que no se nos han relatado (Juan 21:25). Ya habían visto por lo tanto grandes cosas cuando Jesús se puso a hablar de las ofensas y del perdón; tomando conciencia de que ellos, por sí mismos, no las podían evitar, le pidieron ayuda al Señor para poder practicar el perdón de las ofensas (v. 5). Esta fue la primera vez que los discípulos sintieron que tenían necesidad de la ayuda de Jesús. 


                 Satanás se representa a menudo como un personaje humano aterrador, pero esta imagen no se corresponde con la realidad. Satanás es muy sutil en sus actuaciones. Las ofensas o agravios son algunas de sus tácticas para sembrar los problemas y la división en el seno de la Iglesia e incluso en las familias. La palabra que usa el Señor “tropiezo”, también significa ofensa, la palabra griega utilizada “skandalon” designa la parte del anzuelo que se utiliza para colocar el cebo. Las ofensas constituyen el cebo que hiere y atrapa a los creyentes. 


                Cuando uno se ofende, es que ha mordido el cebo y está a merced del enemigo. La ofensa o agravio puede producir cólera, resentimiento, envidia, dolor, enfriamiento, sufrimiento, división, traición, divorcio... Después de picar en el anzuelo, nos volvemos fríos hacia la Palabra, la oración, nuestro cónyuge, los demás... Sólo pensamos en nosotros mismos. Vigilemos para no dejarnos atrapar por el enemigo.

Entrar con confianza en el Lugar Santísimo (4)

                              Día 30 Julio del 2015      Lectura: Salmo 135


“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe,

 purificados los corazones de mala conciencia,

y lavados los cuerpos con agua pura”

(Hebreos 10:22) 


                 “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne”(Hebreos 10:19-20). El atrio donde se ofreció Cristo como el holocausto perfecto que satisfizo la justicia de Dios está en la tierra; en los cielos, entre el lugar santo y el Lugar Santísimo, había un velo, pero ese velo fue desgarrado por la muerte de Cristo. Al ponernos Dios en Cristo, hemos sido crucificados con Él, y en Él y juntos con Él entramos a través del velo en el Lugar Santísimo. Esta es la única manera de poder tener acceso a Dios.  


                Acerquémonos con corazón sincero...” (v. 22; ver 2 Tim. 2:22). Un corazón sincero, un corazón limpio, es esencial para nuestra vida cristiana. No sé cuán limpio está mi corazón, pero esté como esté, quiero limpiarlo para acercarme a Dios. 


                 “...en plena certidumbre de fe...” Sin la fe es imposible realizar ese “viaje” por el camino nuevo y vivo hacia el Lugar Santísimo: Porque, sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). A menudo es difícil practicar nuestra confianza; necesitamos la fe para buscar al Señor en todas las situaciones. Tenemos que venir a Él con la fe de que Él es nuestro galardonador. 


                 “...purificados los corazones de mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura.” Una mala conciencia, que me acusa y me reprende, me impide acercarme a Dios con confianza. Ella se limpia por medio de la sangre de Jesucristo, sea lo que sea que haya hecho. “Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14). Nada hay que no lo pueda limpiar la sangre de Cristo. Eso no quiere decir que yo pueda pecar libremente porque ella me limpiará inmediatamente – en ningún caso. Pero si peco accidentalmente, hay un camino abierto para volver a Dios. 


                ¡Atención!: El diablo hace un mal uso de nuestra conciencia, en provecho propio, para acusarnos y frenarnos en nuestro intento de acercarnos al Señor. No tenemos ninguna razón para prestarle oído. Si nuestra conciencia nos reprende sobre un punto preciso que tenemos que tratar, tenemos que saber que ya alguien ha pagado el precio para que podamos limpiarnos y regresar a Dios con confianza. ¡De hecho Él lo ha hecho todo con ese fin! Nada es tan maravilloso como tocar así al Señor, en nuestra experiencia en el Lugar Santísimo, en nuestro espíritu. ¡Tenemos esta seguridad!

 

    

Entrar con confianza en el Lugar Santísimo (3)

                        Día 29 Julio del 2015    Lectura: Salmo 134 


“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo... acerquémonos con corazón sincero,  en plena certidumbre de fe”

(Hebreos 10:19, 22a) 


                 En la tierra tenemos nuestro espíritu dentro de nosotros, y el Lugar Santísimo está en los cielos; ¿Cómo pueden estar estos dos lugares tan estrechamente unidos el uno al otro? Esto es un misterio, pero la Palabra nos dice que por medio nuestro espíritu podemos tener una libre entrada en el Lugar Santísimo. Exactamente de la misma manera en que Cristo está a la vez en los cielos y en ti y en mí. 


                 Esto no es una cuestión de lógica, sino más bien de experiencia. ¡Es en nuestro espíritu donde podemos tener comunión con Dios, porque es allí donde Él se encuentra morando! 


                “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Heb. 10:19). Cristo se ofreció a Sí mismo a Dios como la víctima propiciatoria perfecta; solamente Su sacrificio podía se la ofrenda perfecta por nuestros pecados. 


                En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote entraba únicamente una vez al año en el santuario terrenal para ofrecer la sangre de los animales, y a la vez los ofrecía también por sí mismo. Pero cuando murió Jesús, entró en el santuario con Su propia sangre, y no la necesitaba para Sí mismo; así nos abrió el acceso al Lugar Santísimo celestial, introduciéndonos ante la misma presencia de Dios. Por esto es por lo que tenemos la libertad y la confianza para entrar en el santuario: ¡Cristo lo ha cumplido todo! 


                Su sangre es un testimonio de que todo está cumplido y que nuestra deuda con Dios ha sido pagada. No andemos pues de acuerdo a nuestras ganas o falta de ganas, aferrémonos en todo tiempo a ese maravilloso privilegio.  

Entrar con confianza en el Lugar Santísimo (2)

                      Día 28 Julio del 2015          Lectura: Salmo 133


“Porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu;

y los que le adoran, en espíritu y en verdad

 es necesario que adoren”

(Juan 4:23-24) 


                 ¿Cómo tenemos acceso al tabernáculo celestial? Nuestro espíritu está directamente conectado con el Lugar Santísimo, en donde entró Cristo con Su propia sangre abriéndonos así un camino nuevo y vivo para acceder permanentemente a la presencia de Dios. En el Antiguo Testamento era en este lugar donde hablaba Dios, y en el Nuevo Testamento es en nuestro espíritu donde se nos revela Dios: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es... El que se une al Señor, un espíritu es con él... El Señor Jesucristo esté con tu espíritu. La gracia sea con vosotros” (Juan 3:6; 1 Cor. 6:17; 2 Tim. 4:22). Todos estos versículos hablan de nuestro espíritu, y del hecho de que el Señor habita en nuestro espíritu. Si deseamos acercarnos a Dios, simplemente necesitamos nuestro espíritu. 


                 Si alguien busca la presencia de Dios en la atmósfera especial de un templo de piedra, sólo busca impresionar su alma, y no es ese el buen camino. “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24). En ese pasaje de la conversación del Señor Jesús y la samaritana, surge la cuestión de donde se debe adorar a Dios: ¿En Jerusalén o en el monte de Samaria? Jesús responde claramente que el lugar adecuado es nuestro espíritu, porque Dios está buscando a personas que le adoren en espíritu y en verdad.

Entrar con confianza en el Lugar Santísimo (1)

                        Día 27 Julio del 2015            Lectura: Salmo 132


“Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero,

sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios”

(Hebreos 9:24) 


                La confianza delante de Dios es algo distinto a nuestra audacia natural. Precisamos la confianza que nos da la sangre preciosa de Cristo para acercarnos a Dios. Pero, ¿Cómo lo puedo hacer? ¿Cómo me puedo acercar a Dios prácticamente? Hebreos 10 nos invita a entrar con confianza en el santuario (o Lugar Santísimo), sobre la base de la sangre de Cristo. Pero ¿Dónde está ese lugar? ¿A dónde me tengo que dirigir?  


El autor de la Epístola a los Hebreos utiliza la imagen del tabernáculo construido en el desierto por el pueblo de Israel, con el atrio, el lugar santo y el Lugar Santísimo. Pero hoy no existen ni el tabernáculo ni el templo que le sucedió en Jerusalén. ¿A dónde ir entonces, donde se encuentra el Lugar Santísimo al que somos invitados a entrar con confianza? La Epístola a los Hebreos muestra claramente que está en los cielos, porque el tabernáculo terrenal sólo era una sombra de la realidad espiritual (Heb. 9:11, 24). ¿Cómo podré tener acceso a ese santuario celestial? En cualquier caso, aún en la representación terrenal, el acceso al Lugar Santísimo estaba prohibido, salvo a una persona que sólo podía entrar allí una vez al año. De hecho esto es misterioso; los cristianos somos gente misteriosa.


En realidad no estamos solamente aquí, en la tierra, también estamos en el cielo. Aparentemente, comparado con otras cosas apasionantes, lo que hacemos al reunirnos como Iglesia pudiera parecer a otras personas algo aburrido; cantamos algunos himnos, oramos, leemos juntos la Biblia, escuchamos un mensaje... De hecho, se trata de una realidad bien distinta, entramos en el Lugar Santísimo, donde nadie puede entrar si no ha nacido de nuevo.

 

 

Andar en la luz

                 Día 26 de julio de 2.014                Lectura: Mateo 23 


“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos:

Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él

(1 Juan 1:5) 


                 Volvamos brevemente al Salmo 9. El versículo 17 marca un tiempo de pausa: “Higaion. Selah” (pausa instrumental). La Palabra aquí nos enseña concretamente algo muy importante. En las reuniones, por ejemplo, es muy bueno que se pidan muchos cánticos. Sin embargo, si somos demasiado presionados y el número de cánticos es excesivo, lo cual es mejor que quedarse dormidos en los asientos, vale la pena de tomarse un tiempo para apreciar las palabras de los himnos, para meditarlas, para orar y alabar al Señor. Después de esto se puede proseguir con un testimonio o un cántico nuevo. 


 Aprendamos a efectuar esos momentos de pausa, para hacernos eco de la Palabra, y disfrutar del cántico que nos ha impresionado. 


 En el Salmo 10 se describe detalladamente al malo. Y el salmista apela al juicio de Dios. Recordemos que el mal habita en nuestra carne. “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Rom. 7:18). Es debido a eso que actualmente nuestro yo tiene necesidad de ser juzgado por el Señor. Ese juicio no conduce a la muerte, sino a la vida. Su finalidad no es condenarnos sino salvarnos y para el cumplimiento del designio de Dios. Ante ese juicio, todos podemos decir: “Padre, me inclino delante de Tu justicia”. 


Los versículos 8 al 11 muestran al malo que se esconde y se mantiene en la sombra para obrar. ¡Dios es luz! No es bueno para nosotros actuar secretamente en la Iglesia. Si lo que hacemos no puede resistir el brillar de la luz, es alarmante. Andemos en luz, sabiendo que delante de Él, todo está desnudo y descubierto.

 

 

Predicar el Evangelio con confianza (4)

                               Día 25 Julio del 2015     Lectura: Salmo 131

“El Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro”

(Hechos 8:29) 


                Esteban no deseaba ciertamente ser lapidado, no era eso lo que buscaba cuando hablaba con gran seguridad y libremente delante de sus jueces. Este hermano, tan unido al Señor, tan útil para la vida de la Iglesia, fue sin embargo condenado a muerte; puede parecernos que esto fue un error por parte del Señor... Pero es posible que la muerte de Esteban haya sido mil veces más útil de lo que habría podido ser el resto de su vida. En efecto, mientras lo apedreaban, un joven, Saulo de Tarso, guardaba las vestiduras de los verdugos. Aunque en aquel momento aprobaba esa muerte, la muerte, llena de seguridad de un testigo del Señor Jesús le llegó a lo más profundo de su ser, y años más tarde la recuerda cuando da su propio testimonio como un ministro del Evangelio: “cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban” (Hechos 22:20). Al final, Saulo, el perseguidor, fue ganado por el testimonio de Esteban, y se convirtió en el apóstol de los gentiles. Tengamos pues confianza en el Señor.


 Cuando proclamamos el Evangelio nunca estamos solos. La proclamación de la buena nueva, es una cuestión del Cuerpo (Hechos 4:13). Si somos débiles, si nos falta seguridad, reunámonos para orar con los hermanos. ¡Esta oración es decisiva! Oremos como un sólo hombre para que el enemigo sea atado y para que la obra del Espíritu Santo sea liberada. ¡La confianza se agranda con la oración en común! 


“Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto... Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro” (Hechos 8:26,29). Obedezcamos cuando nos hable el Espíritu Santo, como lo hizo Felipe. El resultado fue magnífico: El eunuco que regresaba a Etiopía era un hombre poderoso e influyente en su país (v. 27). Es probable que no seas tú, sino él quien proclame la Palabra del Evangelio en África.


Predicar el Evangelio con confianza (3)

                        Día 24 Julio del 2015          Lectura: Salmo 130


“Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca

 se confiesa para salvación”

(Romanos 10:10)


                El Evangelio contiene todo el designio eterno de Dios; Dios tiene un propósito para cada ser humano. No olvidéis que la intención de Dios es salvar a los hombres: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas” (Efe. 3:8-9). Pablo anunciaba las inescrutables riquezas de Cristo. A los hombres no sólo les falta amor los unos hacia los otros, desgraciadamente también están llenos de odio unos contra los otros. Pero Cristo los quiere llenar de paz, de la plenitud de la paz, quiere darles el reposo y la tranquilidad. Si alguien tiene a Jesús es liberado de todo temor, de toda angustia. Eso sirve también para nosotros: Cuando vayamos a predicar el Evangelio no les tengamos miedo a los hombres. Jesús posee toda la autoridad y todo lo puede también aquí en la tierra. Nada puede suceder a nuestro alrededor o en contra de nosotros, que no esté controlado por Él. 


Podemos presentar a los hombres el camino de la salvación con total confianza. Y si alguno acepta recibir esta salvación ¿cómo ha de mostrarlo? “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Rom. 10:9-13). Dos aspectos son necesarios: Creer con el corazón, y confesar con la boca. Realmente es muy sencillo. La mayor parte de la gente no conoce este camino y nosotros tenemos que ser audaces y determinados, llenos de confianza, para mostrárselo (Hechos 2:14, 29, 37-38). Pedro había negado tres veces al Señor un poco antes, pero aquí predicó el Evangelio con gran denuedo, porque el Espíritu actuaba en él. La salvación alcanzó aquel día a millares de hombres, porque Pedro anunció la verdad con confianza. Alcémonos en espíritu y levantemos la voz. Cuando alguien parezca cerrado no abandonemos rápidamente. Hablemos con las personas directamente, sin rodeos. Lo que estamos ofreciendo es muy valioso. No somos embaucadores. Aunque las personas tengan prisa, no las molestamos cuando las interpelamos, porque predicamos el Evangelio de Jesucristo. Cada uno de nosotros detenta aquí la autoridad y el poder del Señor. Si hablamos con confianza nuestras palabras alcanzarán el corazón de las personas.  


La reacción ante Evangelio puede ser muy fuerte, puede manifestarse por medio de la cólera e incluso por el furor (Hechos 5:29, 33; 7:54). Si el Evangelio nos da igual y solo lo predicamos para cumplir un deber, sólo encontraremos una reacción débil. Pero si hablamos con libertad y con confianza la reacción será fuerte, ya sea positiva o negativa. Más vale obtener una reacción negativa, que no conseguir reacción alguna. En todos los casos, alabad al Señor, como los apóstoles, que estaban contentos y orgullosos de padecer por Él. Actuemos con sencillez y confianza y las personas no olvidarán nuestras palabras, porque ella será confirmada en ellos por el Espíritu Santo.


Predicar el Evangelio con confianza (2)

                               Día 23 Julio del 2015        Lectura: Salmo 129


“Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura,

le anunció el evangelio de Jesús”

(Hechos 8:35)


                 Ejercitemos y desarrollemos nuestra confianza para predicar el Evangelio. Esta confianza es necesaria para proclamar la buena nueva, porque el diablo hará todo lo posible para impediros anunciar la Palabra. Él conoce al dedillo los pensamientos y sentimientos capaces de hacernos callar...Pero el Señor a Su vez está presto a darnos la confianza. El Evangelio es una buena noticia, una noticia gozosa. Es la buena nueva de la salvación. 


                “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Todo el Evangelio se resume en este versículo. ¡Dios ama al mundo, no sólo un poco, sino de tal manera! ¿No olvidamos un poco pronto hasta que punto nos ama Dios? Él nos ama de tal manera que ha entregado a Su Hijo Unigénito por nosotros. Y la gente no lo sabe... Cuando veamos pasar por delante nuestro a una persona, pensenos: “¡Dios ha amado tanto a este hombre, a esta mujer! Dios los ama y no quiere que perezcan”. Si alguno no cree, está perdido, perecerá. Esto no debe dejarnos fríos e indiferentes. Todos los incrédulos siguen a satanás directamente a la condenación, mientras que Dios los ama de tal manera.  


                ¿Qué les daremos a las personas? ¿Qué clase de palabras? A veces seremos conducidos a darles una palabra fuerte: “Arrepiéntete, porque si no lo haces estás perdido”. Pero el Evangelio es algo más que eso: “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hechos 8:35). Es muy sencillo, Felipe predicó acerca de Jesús. Su Evangelio era Jesús mismo. Contemos sencillamente a los que nos rodean lo que sabemos acerca de esta maravillosa Persona, lo que de Él hemos experimentado, y lo que acerca de Él hemos leído en la Palabra. Jesús es el más hermoso mensaje que podemos dar.


Predicar el Evangelio con confianza (1)

                            Día 22 Julio del 2015          Lectura: Salmo 128


“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios

para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente,  y también al griego”

(Romanos 1:16)


                 Para Dios no es un problema importante el que no seamos atrevidos por naturaleza. Cuanto más me falte la seguridad natural, cuanto más reservado sea, más podrá actuar el Señor en mi corazón para darme la verdadera seguridad. Esta seguridad se desarrolla poco a poco, ella se ejerce, pero es el Señor quien nos la da. 


El Evangelio no es un asunto entre muchos otros. Es una base esencial de la vida cristiana. Si no tenemos ningún deseo de llevar a Cristo a las personas que nos rodean, nuestra vida no tiene valor espiritual verdadero a los ojos de Dios. Necesitamos experimentar un auténtico sentimiento de compasión por las personas que viven a nuestro alrededor. No miréis las apariencias externas de las personas – incluso los peores necesitan la salvación. ¿De cuánto tiempo disponen aún todas las personas que viven a vuestro alrededor? Desarrollemos un corazón compasivo hacia los demás, y oremos para que el Señor los alcance por medio de nosotros.

 

Hudson Taylor es un hermano muy conocido que predicó el Evangelio en China. Desde muy joven su corazón estuvo cargado con una inmensa compasión por aquellos millones de personas que morían sin jamás haber oído habla de Cristo. Él se preparó específicamente para ir a llevarles la palabra del Evangelio, llegando a acostumbrarse a dormir en el duro suelo en lugar de en un colchón confortable, porque quería soportar las condiciones de la vida en aquel país. Y él predicó el Evangelio con un gran éxito. Un día se sintió trastornado al oír que un nuevo creyente le decía: “Sólo con que hubieses venido antes a traernos esta buena nueva, mi padre que acaba de morir,  la habría aceptado ciertamente con gozo”. Si la gente ve que tenemos un verdadero corazón para ellos, que los amamos, realmente, serán tocados y se abrirán a la Palabra. No nos convirtamos en un callejón sin salida para la Palabra de Dios, permitamos que tenga un camino libre. Que no more encerrada en nosotros, sino que arroyos de vida fluyan de nuestro interior.


Permanecer en comunión con Dios

                              Día 21 Julio del 2015          Lectura: Salmo 127 


“Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición,

sino de los que tienen fe para preservación del alma”

(Hebreos 10:39) 


                 Aprendamos a acercarnos con confianza al Señor y también a permanecer en comunión con Él. Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero. Y él volvía al campamento; pero el joven Josué hijo de Nun, su servidor, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo” (Exo. 33:11). Josué era un joven que también estaba acostumbrado a vivir en comunión con Dios. No sólo tenemos que acercarnos a Dios, además nos tenemos  que acostumbrar a mantenernos en esta comunión, como Josué. “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón... Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (Heb. 10:35, 39). Permanezcamos en el Lugar Santísimo, en la presencia de Dios, no nos apartemos nunca de esa posición, no abandonemos nuestra confianza: En ese lugar es donde más falta nos hace. 


 Cuando moramos en el Señor, nuestra experiencia es la que describe el salmista en el Salmo 91. El Todopoderoso, el Altísimo, nos protege de todo lo que procede del mundo, y de la carne. La peste es una imagen del pecado, esa lacra espiritual que ocasiona la muerte. El único camino para escapar de ella: Habitar en el Señor, quien es para nosotros la plena protección, Él es nuestra fortaleza. ¡Entonces podremos pisotear al dragón! 


Los tres últimos versículos de este Salmo nos muestran otra faceta de esta misma realidad: El Señor nos santifica y nos salva cuando moramos en Él. Él nos levanta cuando nos encontramos en el valle profundo, entonces progresamos y nuestra fe crece. Habitemos en Él aún en medio de los peores problemas. El Señor nos libera y nos glorifica.

 


Acercarse a Dios con confianza (2)

                              Día 20 Julio del 2015          Lectura: Salmo 126 


“Manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual

naufragaron en cuanto a la fe algunos”

(1 Timoteo 1:19) 


                “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb. 10:22). Un corazón sincero es aquel que busca únicamente al Señor. Esta actitud contrasta con la de los fariseos que oraban con el fin de que los demás los viesen hacerlo y los admirasen. Para encontrar al Señor, el camino es sencillo: Basta con invocarlo con un corazón sincero. 


La plenitud de la fe es un asunto de ejercitarse; a veces no sentimos que tenemos una fe plena, pero no debemos fiarnos de nuestros sentimientos e impresiones. Apoyémonos en la Palabra de Dios quien jamás cambia. El Señor se cuidó de nosotros al darnos las Escrituras para que nos pudiésemos apoyar en ellas. 


Para acercarnos a Dios, es necesario un corazón purificado de mala conciencia; para ser vasos útiles en la casa de Dios es necesario que los vasos estén limpios para poder ser llenados de aceite. El Señor nos quiere llenar, y por ello nos limpiamos. No abandonemos nuestra buena conciencia, temamos naufragar en cuanto a la fe: “manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos” (1 Tim. 1:19). 


Tomemos en serio las reacciones de nuestra conciencia. Así, cuando vengamos juntos a Dios, el cuerpo estará lavado con agua pura, como el Señor le dijo a Sus discípulos: Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Ya no queda mancha alguna sobre el pueblo de Dios y la comunión no tiene obstáculos entre Dios y el hombre.


Acercase a Dios con confianza (1)

                    Día 19 Julio del 2015    Lectura: Salmo 125 


“Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios”

(Salmo. 14:2) 


                Acercarnos a Dios con confianza es la base de nuestra vida cristiana, de lo primero que nos podemos regocijar. Juan comienza precisamente su primera Epístola con la comunión con Dios y no con el perdón de los pecados (1 Juan 1:3-2:2). El objetivo del perdón es la restauración de nuestra comunión con Dios. El deseo de Dios es estar en comunión con nosotros; este era el fin perseguido por Él al crearnos. 


“Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios”(Sal.14:2). Dios no está satisfecho teniendo los cielos y Su relación con los ángeles, está buscando ante todo a hombres que estén dispuestos a tener comunión con Él. Lo inteligente a los ojos de Dios, consiste en buscarle a Él. “Tal es la generación de los que le buscan, De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob.” (Sal. 24:6). Nosotros somos esa generación que lo busca. No es bastante el que el Señor nos haya buscado para salvarnos, es preciso que nosotros le busquemos también a Él. No es difícil encontrarse cuando dos se buscan mutuamente. En efecto, el Señor es fácil de encontrar, conocemos Su dirección: Él vive en nuestro espíritu. ¡Qué cercano está, cuan fácil es tener comunión con Él! 


Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe...” (Heb. 10:19-22a). Lo más precioso que el Señor nos ha dado es Su sangre; la sangre es la vida. Al verter Su sangre, el Señor Jesús nos ha dado Su vida. Al pagar tal precio para rescatarnos, Dios nos ha mostrado lo que aprecia nuestra comunión. Acerquémonos pues ahora mismo a Él, es lo que está esperando. Una fuente de limpieza para nuestros pecados está abierta continuamente para que podamos venir a tener comunión con Él. Su fin no consiste simplemente en mantenernos limpios, nuestra purificación está ligada con el entrar en comunión con Dios, en el santuario, el Lugar Santísimo. El entrar con confianza en esta comunión lleva implícito que no tenemos ninguna duda. A menudo esperamos que otros nos suministren, pero la confianza consiste en que yo estoy dispuesto de inmediato. El que tiene confianza se destaca: No duda en abrir su boca, un órgano que el Señor ha creado expresamente para que hablemos de Él con certidumbre.

 

 

Hombres para el plan de Dios (2)

Día 18 Julio del 2015          Lectura: Salmo 124

 

“Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro.

 Tu rostro buscaré, oh Jehová”

(Salmo 27:8)

 

                  En el Nuevo Testamento, Pedro es uno de los que caminaron hasta el final con el Señor, pese a todos los padecimientos y dificultades. Y fue Pedro quien siendo muy joven  recibió de parte del Padre la revelación de que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Dios desearía que los jóvenes estuviesen de acuerdo en recibir una revelación de parte Suya. Esta revelación fue tan personal para Pedro que el Señor le cambió el nombre: Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18). Que gran privilegio es hoy formar parte de la juventud.

 

                 Por eso el Señor desea que los jóvenes posean un corazón que le busque. ¿Cuántos de nuestros amigos buscan a Dios? Muy pocos... Por ello Dios desea tanto corazones que le busquen. “Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios” (Salmo 53:2). Los hijos de los hombres, son literalmente los jóvenes. Dios escudriña desde las alturas buscando a jóvenes que deseen conocerle. “Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová” (Sal. 27:8). El Señor aprecia grandemente al corazón que le busca.

 

                Pedro cometió, sin duda, muchos errores por ser joven. En la naturaleza de los jóvenes está el ser impulsivos y cometer errores por ese mismo hecho. Pedro dijo a veces cosas sin mucha sabiduría; por ejemplo, justamente después de la maravillosa revelación de que Jesús era el Cristo, trató de disuadir al Señor Jesús para que no fuera a la cruz. El Señor le dijo: “Apártate de mí Satanás”. Pedro cometió un error: No comprendía que el Señor tenía que morir, y fue reprendido por causa de sus pensamientos naturales. Pero Pedro no se desanimó, no se dio la vuelta para entrar en la casa. En el capítulo 17 de Mateo, lo vemos en el monte de la transfiguración. El Señor lo llevó junto a otros dos discípulos. Pedro tenía un corazón que buscaba al Señor y éste lo llevó consigo para mostrarle otra revelación más.

 

 

                De nuevo Pedro, desdichadamente, dijo algo precipitado y esta vez fue el Padre mismo quien le hizo callar. No obstante, en el capítulo 18: “Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (v. 21). No había dejado de buscar al Señor. Este joven tenía un corazón que buscaba al Señor.

 

Hombres para el plan de Dios (1)

                                   Día 17 Julio del 2015        Lectura: Salmo 123


“Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente”

(1 Samuel 17:36) 


  David fue un hombre de Dios, un siervo Suyo. Desde muy joven tuvo muchas experiencias con el Señor. Todavía era joven cuando se enfrentó a Goliat, aunque no se sabe qué edad tenía entonces (1 Samuel 17). Era el más joven de los ocho hijos de Isaí (v. 14). Tres de sus hermanos mayores estaban en la guerra contra los filisteos junto a Saúl, pero no habían hecho gran cosa. Cuando vino David a combatir contra Goliat, Saúl le dio su pesada armadura – pero David conocía que era fuerte porque había experimentado la  fuerza del Señor en su vida como pastor, él no necesitaba esa armadura para vencer a los enemigos de Israel. Saúl le dijo que no podía ir a combatir porque era muy joven. A menudo, también son estos nuestros pensamientos, cuando se trata de combatir al enemigo, pensamos que los hermanos y hermanas de más edad lo harán mejor, y que esto no es asunto nuestro. Más he aquí que este joven no prestó atención a aquellos buenos consejos; fue al encuentro de Goliat. Podría haber pensado que efectivamente era demasiado joven, y que no podía llevar la armadura de Saúl. Se levantaban tantos obstáculos en el camino de David. Pero no se dejó desanimar: David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente” (vv. 34-36).  


David era joven pero estaba acostumbrado a combatir con los peores depredadores, porque era consciente de que no peleaba solo. Había experimentado al Señor. Cuando todos trataban de persuadirle de que no podía pelear con el filisteo, habló de sus experiencias con el Señor. No sólo era fuerte, la Palabra moraba en él. David no razonó con Saúl, le presentó simplemente el testimonio de su experiencia viva con el Señor. Esta experiencia que estaba viva en él le animó a salir al encuentro del gigante filisteo. “Así venció David al filisteo con honda y piedra; e hirió al filisteo y lo mató, sin tener David espada en su mano. Entonces corrió David y se puso sobre el filisteo; y tomando la espada de él y sacándola de su vaina, lo acabó de matar, y le cortó con ella la cabeza. Y cuando los filisteos vieron a su paladín muerto, huyeron” (vv. 50-51). Alabado sea el Señor por tal experiencia; ese joven era fuerte, la Palabra moraba en él como una experiencia viva, y venció al maligno. “Y le dijo Saúl: Muchacho, ¿de quién eres hijo? Y David respondió: Yo soy hijo de tu siervo Isaí de Belén” (V. 59). La Biblia insiste muchas veces en el hecho de que Goliat fue vencido por un joven. Al final de este capítulo, el Señor insiste en ello tres veces; Él utilizó a un joven para salvar a Su pueblo, para que se cumpliese Su propósito.

   

Consagrarse al Señor

                           Día 16 Julio del 2015                  Lectura: Salmo 122


Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios,

que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo,

santo, agradable a Dios,que es vuestro culto racional”

Romanos 12:1) 


                 Cuando veamos lo valiosos que somos para el Señor y el gran precio pagado en la cruz, le consagraremos nuestra vida y muy especialmente nuestro cuerpo. No lo contaminaremos, sino que lo ofreceremos a Dios como “un sacrificio vivo, santo y agradable”, lo cual será por nuestra parte el servicio más razonable. No seamos, pues, insensatos, glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, los cuales le pertenecen a Él. 


Si nos avergonzamos de nuestro pasado, arrepintámonos de nuestro pecado como lo hizo David y humillémonos ante Dios reconociendo nuestras transgresiones (Sal. 51:5-9) y recordemos que Dios borra nuestros pecados. Dios perdonó el pecado de David; no obstante su hijo murió y su trasgresión no quedó impune. Este es el motivo por el que los jóvenes deben mantenerse puros hasta el matrimonio. Que cada uno de nosotros nos consagremos seriamente a Dios para permanecer en el camino estrecho hasta el final. 


 El Señor está dispuesto a ayudarnos y a fortalecernos, pero  de nosotros depende el renovar la buena elección y acercarnos a Él y a Su Palabra con regularidad. “El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). Pidamos al Señor que se nos aparezca cada día, y podremos, al igual que Abraham, construirle un altar en donde renovarle nuestra consagración: “Y apareció Jehová a Abraham...Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido” (Gen. 12:7). 

Los dos preciosos dones de Dios

                       Día 15 Julio del 2015            Lectura: Salmo 121


“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”

(Salmo 119:105) 


                Le somos preciosos a Dios por ser Sus ovejas, Su dracma, los hijos que se vuelven a Él,  templos del Espíritu Santo, vasos de honra, luminares en el mundo y Su Esposa. Por todo ello Él nos ha dado especialmente dos cosas muy preciosas: Su Palabra y Su nombre. Ninguno de nosotros puede vivir por sí mismo una vida cristiana normal. ¡No es posible! Nuestra naturaleza caída no es capaz de ello; necesitamos algo más. El camino del Señor comienza por una puerta muy estrecha, la cual no es fácil de encontrar. Ese camino no es una autopista, es muy estrecho. A lo largo de ese camino nos encontramos con paneles informativos que nos indican las salidas, a veces reducimos la velocidad, a veces nos estacionamos por un tiempo en algún parking; hoy es necesario que aceleremos y avancemos hacia el destino glorioso, la gloria, la fiesta de las bodas, la Nueva Jerusalén. Lo que nos aguarda al final de este camino es maravilloso. 


El camino del mundo es muy diferente: Amplio, placentero, fácil de recorrer, incluso produce placer. En esta autopista, no existen restricciones o limitaciones; sin embargo el recorrido termina en la destrucción. A menudo, la destrucción comienza mucho antes del final. Nosotros tenemos que decidir el camino que vamos a seguir.

La Palabra

El primer don extraordinario que Dios nos ha hecho es la Palabra. Cuando la leemos ella transforma nuestra vida. 


El autor del Salmo 119 habla de ese primer don precioso de Dios: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal. 119:9). ¿Cómo mantener limpios de tanta suciedad nuestros vasos? Guardando la Palabra, permitiendo que el Señor actúe en nuestro corazón por medio de ella. Eso implica una pequeña participación por parte nuestra: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (v. 11).

Su nombre

Únicamente vale la pena vivir la vida si se camina por el camino estrecho de la justicia. Ser un vaso de honra para el Señor es la cosa más maravillosa que existe. El Señor dio Su vida por nosotros, y hoy nos llama para que seamos vasos de honra para Él. Jamás llegaríamos a la meta solos, pero el Señor nos ha dado Su nombre tan precioso, el cual podemos invocar en todos los momentos de nuestra vida y que nos hace al Señor tan accesible: Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos?” (Deut. 4:7). 


Cuanto más invoquemos Su nombre, más poderoso y abundante será el Señor para nosotros (Rom. 10:12). Y como hemos visto, también tenemos Su Palabra la cual es una lámpara que alumbra nuestra senda, y que nos permite caminar en el camino estrecho evitando las salidas que nos son propuestas pérfidamente por el mundo.

 

 

Somos preciosos para Dios (4)

Día 14 Julio del 2015                Lectura: Salmo 120

 

“Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida”

(Filipenses 2:14-16)

 

6. Luminares en el mundo

 

Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). Para llevar a cabo la obra del Señor tenemos que hacer aún algo más: obedecer. El Señor es nuestro dueño, y tenemos que obedecerle. Si lo hacemos, es entonces Dios mismo quien produce en nosotros tanto la voluntad como la acción. Nuestra obediencia a Su voluntad producirá una viva luz en medio de este mundo de tinieblas, que se caracteriza por su rebelión contra Dios.

 

7. La Esposa

 

 

Esto es magnífico: Para el Señor somos muy preciosos, como una oveja, una moneda o un hijo perdido que Él ha venido a buscar. Él necesita que cada uno de nosotros sea un vaso limpio y útil, el templo del Espíritu Santo, y que vayamos por todas partes como lámparas resplandecientes en el mundo, para testimonio ante el mundo de la gracia y el amor de Dios, en medio de las tinieblas. Todos juntos formamos también la Iglesia, a la que la Palabra llama Su Esposa. ¡Tan dulce es la relación que mantiene el Señor con nosotros! La Iglesia procede completamente de Cristo, como se demuestra en Eva, un tipo de la Iglesia, a la que Dios, en Génesis, trajo a la existencia sacándola del costado de Adán, un tipo de Cristo. La Iglesia no contiene nada humano y ninguna relación con el pecado. Cristo desearía presentarse a Sí mismo “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:27). Nuestro Dios está decidido a obtener una Iglesia así. Nada que sea menos que eso podrá satisfacer el deseo de Su corazón. ¡Y lo va a conseguir! Nadie puede resistirse a Dios, aunque el Hades y todas sus poderes malignos se coaliguen contra Él, no podrán anular el plan de Dios; a lo más que pueden llegar es a retrasarlo un poco. Colaboremos diariamente a la realización de ese plan glorioso cultivando nuestra comunión constante con nuestro querido Señor.

    

Somos preciosos para Dios (3)

                    Día 13 Julio del 2015      Lectura: Salmo 119: 161-176


“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio;

glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo

y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”

(1 Corintios 6:19-20) 


4. Somos templo del Espíritu Santo 


 Dios mora en mi cuerpo. Por tanto no puedo llevarlo a cualquier sitio y hacer con él cualquier cosa. Somos preciosos para Dios; somos para Él una oveja, una moneda, un hijo, un templo. Por donde quiera que vayamos llevamos con nosotros al Espíritu Santo. Somos parecidos al tabernáculo, esa morada portátil donde moraba Dios en el desierto. Cuando sea consciente de que mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo, no voy a entregarlo a la fornicación. “Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él” (v. 17). ¿Nos damos cuenta que somos un solo espíritu con el Señor? ¡Qué privilegio! Huyamos pues de la fornicación y de cualquier pecado que nos separe de Él.


Hoy, la falta de pudor es omnipresente, en la pantalla y en los carteles, cada día es más asequible. Pero si nos damos cuenta de que somos templos del Espíritu Santo, procuraremos preservarnos para el fin elevado al que Él nos ha llamado. Mi cuerpo y mi espíritu le pertenecen a Dios, de esa manera tendremos que procurar glorificarle mediante nuestras acciones, preservando incluso nuestro cuerpo del pecado. 


5. Un vaso de honra 


En Su gracia, Dios no cumplirá jamás Su plan eterno sin nosotros. ¡Nos necesita!, en Su Plan. La Biblia utiliza la imagen de un vaso para hablar de la manera en que Dios nos usa. 


Sin un vaso, el líquido, aún el más precioso, es inútil. De igual manera, Dios quiere utilizarnos para llevar Su salvación a los incrédulos y Su gracia a los hermanos y hermanas. Pero para eso es preciso que seamos un recipiente limpio. Ese es el motivo por el que el Señor nos manda que nos purifiquemos. ¡No hagamos cualquier cosa con nuestro cuerpo! Abstengámonos de hacer lo que ensucia nuestro vaso, todo pecado lo hace. Dios quiere utilizarnos a cada uno de nosotros como un vaso.

Somos preciosos para Dios (2)

                    Día 12 Julio del 2015         Lectura: Salmo 119: 145-160 


“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia,

y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó"

(Lucas 15:20) 


3. El regreso del hijo pródigo 


 La tercera parábola de Lucas 15 es la del hijo que reclama su herencia y abandona la casa de su padre para vivir como quiere, según sus propias ideas. El resultado no es brillante: Dilapida todas sus posesiones de una forma vergonzosa y acaba en la compañía de los cerdos. Si deseamos vivir a nuestro aire, sin el Señor, encontraremos un cierto placer en nuestras actividades, pero terminaríamos como en esta parábola: en la basura, con los cerdos. 


¿Cuál es la actitud del padre en esta parábola? Su corazón no ha cambiado: No ha dejado de apreciar al hijo mayor cuya conducta le satisface. Su amor por el más joven se mantiene intacto. De hecho le ama de tal manera que siempre está mirando hacia el camino por si vuelve. Y cuando ve aparecer a lo lejos a su hijo, no se queda cruzado de brazos y con el aire severo, sino que acude a su encuentro. Cuando el hijo llega delante de su padre comienza por confesar sus pecados; y tiene razón al hacerlo. De hecho es lo único que Dios nos pide que hagamos: Confesar y arrepentirnos. Tan pronto como constata el arrepentimiento de su hijo, el padre organiza una gran fiesta para que todos se regocijen con él del regreso de su hijo. 


Si nos diésemos cuenta de que el amor de Dios no depende de nuestras acciones, sino que es incondicional, nuestra vida se transformaría. Dios me ama sencillamente porque me ama, porque soy una oveja suya, su hijo. Nuestro concepto acerca de nuestra relación con Él es: “Es preciso que me porte bien para que Dios me ame”; de hecho, lo que tendríamos que decir es: “Dios me ama. Y porque me ama, yo deseo comportarme bien”. El amor de Dios hacia nosotros es inalterable, no está sujeto a ninguna condición; ¡Esto es magnífico! 


Jesús vino a morir  por nosotros cuando nos estábamos comportando mal: Éramos enemigos de Dios. Cristo murió por los enemigos, porque los ama. Cada hombre es una oveja creada por Dios. El Señor ama a cada hombre, incluso a la persona más desagradable, la más irritante. No tenemos que sentirnos obligados a predicar el Evangelio, simplemente tenemos que dejarnos impresionar personalmente por el amor de Dios. Dios nos ama con un amor sin condicionamiento alguno.

Somos preciosos para Dios (1)

                 Día 11 Julio del 2015            Lectura: Salmo 119:129-144


“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios

 por un pecador que se arrepiente”

(Lucas 15:10) 


                Cada uno de nosotros somos preciosos para Dios. El Señor es una Persona única y muy preciosa, pero para Dios cada uno de nosotros lo somos también. La Palabra nos muestra siete razones por lo menos. 


1. La oveja perdida 


Primeramente nos muestra el Señor por tres veces, en Lucas 15, con la ayuda de tres parábolas, hasta que punto somos preciosos a Sus ojos. En la primera parábola, el Señor Jesús habla de una oveja; no de una oveja que sabiamente permanece junto al pastor, sino de una que no sabe lo que hace y se ha perdido. El pastor realiza grandes esfuerzos para recuperar a esta única oveja perdida, y para ello abandona a las otras 99. 


El Señor utiliza esta parábola para mostrarnos lo preciosa que es para Él la más pequeña de las ovejas. Él ama a cada una de Sus ovejas, a cada creyente, con un amor que llega hasta el extremo de hacer todos los esfuerzos para rescatar a todo aquel que se encuentra en una situación desesperada, aunque la culpa sea suya. Si vemos este hecho con claridad, nuestra vida será transformada. Prestad atención a vuestra manera de actuar y de conduciros porque para Dios sois preciosos. 


2. La moneda en la basura 


 En la segunda parábola, Jesús habla de una mujer que ha perdido una moneda. Esta moneda que ella busca está oculta entre la basura de la casa, ella nos representa: Nosotros también acabamos rápidamente en el polvo que se acumula en los rincones. Pero aún allí nos busca Su amor, haciendo todo lo posible para encontrarnos. ¿Qué cosa es más difícil que encontrar una pequeña moneda entre los desperdicios? Sin embargo el Señor no duda en entregarse a esa tarea. 


Jesús nos muestra esta parábola para hacernos ver lo mucho que nos ama. Somos tan preciosos para el Señor, que Él se compara con una mujer que busca la moneda entre la basura, hasta que la encuentra. Cuando lo hace, llama a todas sus amigas para que se regocijen con ella, tan contenta se encuentra. Así actúa el Señor con relación a nosotros: Nos busca hasta encontrarnos, jamás se cansará.

   

Abrir nuestra boca para testificar

                      Día 10 Julio del 2015         Lectura: Salmo 119: 113-128


 “Abre tu boca, y yo la llenaré... Y abriré tu boca en medio de ellos,

 y sabrán que yo soy Jehová”

(Salmo 81:11b; Ezequiel 29:21b) 


  Nuestra boca es muy importante y el enemigo le tiene miedo. Leíamos en Apocalipsis 12 que los vencedores habían vencido al diablo mediante la palabra de su testimonio. ¿Qué órgano se utiliza para la palabra del testimonio? La boca. El enemigo ha conseguido cerrar la boca de bastantes cristianos. De hecho a todos nos gusta hablar de unas cosas y de otras, pero, ¿por qué nos resulta tan difícil anunciar una palabra de Dios, no sólo a los extraños, sino incluso a los familiares de nuestra casa? Es sorprendente la manera en que nuestra lengua se pega a nuestro paladar en ciertas circunstancias. ¿Por qué nos resulta tan difícil? 


 Si el enemigo consigue este resultado en nosotros, somos nosotros los vencidos, pero si compartimos la Palabra, seremos nosotros los vencedores. El Señor necesita nuestra boca para poder vencer. Tratemos de abrir nuestra boca, para decir cualquier cosa de la Palabra del Señor, aunque sea corta. Si lo hacemos, en primer lugar, el Señor la llenará y, en segundo lugar, el enemigo será avergonzado. La Palabra no dice que el enemigo será vencido por la boca del pastor, sino por la boca de los niños pequeños. Si no abro mi boca, aprisiono a mi espíritu. El secreto para liberarlo es abrir la boca. 


 Algo gana realmente el enemigo cuando consigue cerrarnos la boca: ¿Por qué no podremos hablar para el Señor? Simplemente tendremos que vencer esa resistencia. Por eso está escrito: “ellos le han vencido por la palabra de su testimonio”; para esto se necesita la boca – la telepatía no funciona. La samaritana, de Juan 4, no siguió un curso en una escuela bíblica antes de anunciar la Palabra. Fue inmediatamente a dar su testimonio, con toda sencillez, y toda su ciudad fue ganada para el Señor. Comencemos a liberar vuestro espíritu a través de vuestra boca sin dilación alguna. El Señor no os ha dado un espíritu de timidez, sino de poder.  


Tan pronto como comencemos a testificar con vuestra boca, empezaremos a vencer al enemigo. Aliémonos con el Señor y digámosle: “Señor te entrego mi boca”.

    

Experimentar la Palabra para testificar

                         Día 9 Julio del 2015          Lectura: Salmo 119: 97-112 


“Hablaré de tus testimonios delante de los reyes,

y no me avergonzaré”

(Salmo 119:46) 


                 Los vencedores, en el capítulo 12 de Apocalipsis, vencieron por medio de la palabra de su testimonio. Se nos ha dado la Palabra para que nos convirtamos en vencedores, también tiene que ver con nuestra relación con la gente del mundo, hacia el exterior. Cuando el Señor predicó el Evangelio, la Palabra que daba era realmente Su testimonio. Él hablaba con autoridad, no como los escribas y los fariseos, porque la Palabra era Su experiencia. Cuando el Señor proclamaba la Palabra, esta transmitía siempre la luz, y las personas eran atraídas por ese testimonio. Cuando el Señor hablaba manifestaba Su gloria. Cuando se encontró con la samaritana (Juan 4), ésta discutió y razonó con el Señor, porque  ella conocía muchas cosas doctrinalmente; pero cuando Él le habló, ella tocó a una Persona viva. Entonces ella testificó en toda la ciudad, y todos vinieron al Señor. ¡Qué testimonio! 


                La Palabra tampoco era una doctrina para los apóstoles: “porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20). El Señor desea tener esa clase de testimonio en nosotros: Él quiere que nuestras palabras transmitan la vida por medio de Su Palabra: “para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado” (Fil. 2:15-16). ¡Que esta palabra se convierta en una palabra de vida, que resplandezca entre nosotros como una antorcha entre las tinieblas que nos rodean!


                En Tesalónica, la Iglesia recibió la Palabra de esta misma forma: “pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre (1 Tes. 1:5). Nuestro Evangelio tiene que ser predicado con poder, por medio del Espíritu y con plena certeza. Cuando proclamamos la Palabra de esta forma, el resultado es magnífico: “Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada” (1 Tes. 1:8). Cuando la Palabra que leemos se convierte en nuestro testimonio, entonces se puede expandir el Evangelio. La Palabra de Dios tiene que resplandecer en nuestro entorno. A veces no es fácil convencer a alguien acerca de la fe, pero si creemos todas las palabras que decimos, entonces ellas repercutirán en nuestro entorno.

 

Experimentar la Palabra para ser un vencedor

                            Día 8 Julio del 2015       Lectura: Salmo 119: 81-96


“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores,

 engañándoos a vosotros mismos”

(Santiago 1:22)


                 Todo lo que leo en la Palabra se tiene que convertir en mi experiencia. Vemos particularmente este aspecto en el Antiguo Testamento, en donde la Palabra se menciona juntamente con el testimonio: El Salmo 119, la palabra recibida por el salmista de parte de Dios se ha convertido en su testimonio, y él ha vencido por medio de ella multitud de dificultades: “Me regocijaré en tus estatutos; No me olvidaré de tus palabras” (v. 16). El tenía un deseo muy grande, no sólo de saber, de tener el conocimiento de la Palabra, la quería conservar como un tesoro precioso. Habiendo guardado la Palabra le podía decir a Dios: “Aparta de mí el oprobio y el menosprecio, porque tus testimonios he guardado” (v. 22). Su delicia no eran las palabras doctrinales, él buscaba sus consejeros en la Palabra de Dios : Pues tus testimonios son mis delicias y mis consejeros” (v. 24). 


                Eso no quería decir que el salmista no pasara por situaciones muy difíciles. Él llego a decir incluso: “Abatida hasta el polvo está mi alma; vivifícame según tu palabra” (v. 25). Cuando su alma estaba abatida en el polvo, es decir en un estado de  profundo desánimo, se asió de la Palabra y le pidió a Dios que le diese la vida por medio de ella. Él no la conocía simplemente como la verdad, sino como una palabra que le daba vida. Estás súplicas se encuentran a todo lo largo de este Salmo tan extenso que describe todo el camino de un hombre que sigue a Dios (vv. 107, 149, 156). 


                 Vemos un resultado magnífico en la actitud del salmista: “Me he apegado a tus testimonios; Oh Jehová, no me avergüences” (v. 31). ¿A qué queremos estar apegados: a la Palabra o al polvo? El salmista muestra la forma en que la Palabra se ha convertido en su testimonio: La ha tomado como la vida y el Espíritu. La Palabra de verdad ha venido a ser el testimonio de su boca: No quites de mi boca en ningún tiempo la palabra de verdad, porque en tus juicios espero... Hablaré de tus testimonios delante de los reyes y no me avergonzaré” (vv. 43,46). 

 

 

La fe como origen de nuestro testimonio

                            Día 7 Julio del 2015        Lectura: Salmo 119: 65-80


“Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito:

Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos,

 por lo cual también hablamos”

(2 Corintios 4:13) 


                 La Palabra nunca va sola, siempre está relacionada con el testimonio; la Palabra que hemos recibido y experimentado se convierte en nuestro testimonio. La Escrituras mencionan frecuentemente  la Palabra y el testimonio juntos: “Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían” (Apoc. 6:9). Estos vencedores, a lo largo de sus vidas, no sólo conocieron la Palabra como una doctrina, murieron por causa de Ella y del testimonio. ¡No se habrían dejado matar por una doctrina! La Palabra se había convertido en el testimonio de ellos. Algunos de los creyentes fueron decapitados porque la Palabra se había convertido en su testimonio: “vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios” (Apoc. 20:4). Para ellos la Palabra no era un conjunto de letras escritas con tinta. En sus bocas, ellas se convirtieron en el testimonio de Jesús.


¿Cómo puede llegar a ser esta Palabra nuestro testimonio? En primer lugar, por medio de nuestra fe. En Hebreos está escrito que los hijos de Israel no mezclaron la fe con la Palabra. La letra no nos podrá ayudar si lo que queremos es vencer. Tiene que estar mezclada con la fe. Jesús es el Autor de esta fe (Heb. 12:2) y la genera el Espíritu (2 Cor. 4:13). Cuando estamos en el espíritu, nuestra fe se fortalece. Cuando nos sumergimos en los sentimientos de nuestra alma, las dudas vienen muy rápidamente. En segundo lugar, proclamemos la Palabra con nuestra boca. Cuando abro mi boca, esta Palabra se convierte también en la palabra de mi testimonio. No es necesario que utilicemos nuestras propias palabras. El mismo Jesús, cuando estuvo en el desierto frente a Satanás, para resistir al diablo le dijo simple y claramente: “escrito está”. De esta manera la letra se convirtió en Su testimonio. Y mediante este testimonio destruyó al diablo y venció la tentación. 


Este principio se encuentra en toda la Biblia. Cuando leemos Hebreos 11, vemos la fe a lo largo de todo el capítulo, una fe nutrida por la Palabra. Vemos una lista amplia de vencedores que vencieron al diablo en su momento, por medio de la fe. La Palabra no era para ellos una enseñanza o una doctrina, era la palabra de su testimonio. Cuando Dios le dijo a Noé que iba a destruir la tierra por medio del diluvio, eso no era una simple doctrina; Noé se asió a esta palabra por medio de la fe, y obedeció a Dios. Esta Palabra se convirtió así en su testimonio personal, porque la mezcló con la fe. Todos estos vencedores tomaron la Palabra por medio de la fe y ésta se convirtió en su propio testimonio.

Conocer la Palabra para ser un vencedor

 

Día 6 Julio del 2015           Lectura: Salmo 119: 49-64

 

 

 

“Que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”

 

(2 Timoteo 3:15-17)

 

 

 

                Estos versículos muestran la importancia de conocer las Escrituras desde la infancia. Cuando vamos a la escuela y estudiamos algunas asignaturas, recibimos muchas informaciones útiles para el futuro. Cuanto más importante para nuestra vida cristiana es que conozcamos las Sagradas Escrituras, las cuales nos pueden hacer sabios para la salvación, y que son eternas. No es algo pequeño el poderlas conocer desde nuestra infancia. Todos tendríamos que tener la costumbre de venir a ellas con asiduidad.

 

 

 

Pero Pablo va más allá: esta Palabra que conocemos no es solamente letras escritas sobre un papel, ella está inspirada por Dios, es el soplo del Dios viviente. Es también útil para enseñar, para redargüir y corregir. Si no fuese así, sólo sería una historia que nada tendría que ver con nosotros.

 

 

 

 La Palabra tiene así muchas funciones excelentes, pero la más hermosa es que nos convierte en vencedores: “ a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Se dice en Apocalipsis 12 que los vencedores han vencido al diablo por medio de la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio; no está escrito “por causa de la palabra de su conocimiento”, sino que se habla de la palabra de su testimonio. No es suficiente conocer la Palabra como una asignatura, ella se tiene que convertir en la palabra de nuestro testimonio, es decir nuestra experiencia, nuestra vida. ¡Qué lástima si la Palabra es sólo una doctrina para nosotros! ¡Conozcámosla como la palabra de nuestro testimonio! 

 

 

Permitir que la Palabra habite en nosotros

                       Día 5 Julio del 2015               Lectura: Salmo 119: 33-48

 

 

 

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales”

 

(Colosenses 3:16)

 

 

 

La lectura de la Biblia tiene que ser un hábito vital y crucial para todo cristiano, y lo tiene que ser a lo largo de toda su vida. Ella es un verdadero alimento para nuestro espíritu. Ella nos revela la Persona de Jesucristo. Por medio de ella podemos tocar al Espíritu que está mezclado con la Palabra (Juan 6:63). No obstante tenemos que aprender a acercarnos a la Biblia de una manera correcta. No se trata de realizar una lectura con un cierto ritmo. Que el Señor nos libre de toda rutina. Una buena costumbre es leer un capítulo diario, si tocamos en él al Señor. Efesios 6:17-18 nos señala un camino práctico: “con toda oración y súplica en el Espíritu”.

 

 

 

 Pero esto no se tiene que limitar a una práctica sin sentido en nuestra vida diaria. Pablo va más lejos en Colosenses 3:16: La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”. La Palabra que hemos mezclado con nuestras oraciones debe permanecer en nuestros corazones. Si no es así, permaneceremos en una práctica sin fruto alguno, y por lo tanto muerta. Tenemos que permitir que la Palabra more en nuestro corazón con todas sus riquezas. Eso significa que todos los espinos, “los afanes y las riquezas y los placeres de la vida” (Luc. 8:14) y todas la piedras (las partes endurecidas de nuestro corazón) serán tratadas y eliminadas, para hacerle sitio a la Palabra. Hemos sido creados como vasos para contener esta Palabra. Ella no tiene que permanecer como un trazo de tinta sobre un papel, tiene que habitar en nuestro corazón con todas sus riquezas.

 

 

 

 Dejemos que la Palabra habite ricamente en nosotros, trayéndosela al Señor en oración, para que el Espíritu actúe en nosotros transformándonos de gloria en gloria. No nos contentemos con una lectura superficial y rápida. Pablo habló de “toda oración y súplica” (Efe. 6:18). Eso no se consigue simplemente siguiendo un método establecido, al que basta con imitar. Al recordarla de memoria, ya sea en alta voz o en voz baja, en oración, en medio de este mundo, la podremos guardar y hacer morar en nosotros en todas nuestras jornadas. De esta manera no vendremos a las reuniones con las manos vacías. ¡Qué obra tan maravillosa podrá hacer entonces la Palabra en nosotros! Morará en nosotros y venceremos al maligno: “Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno” (1 Juan 2:14).


 

Tomar la Palabra con oración

                        Día 4 Julio del 2015          Lectura: Salmo 119: 17-32


Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”

(Efesios 6:17-18) 


                 Pablo nos aconseja en el último capítulo de Efesios  que tomemos toda la armadura de Dios para enfrentarnos al enemigo. Cuando recibimos una revelación de parte de Dios, siempre es necesario que estemos en guardia, porque satanás hará todo lo posible para robárnosla. Él no quiere que ella produzca en nosotros un fruto espiritual. Entre esas armas se encuentra la espada del Espíritu, la cual nos permite replicar a los golpes del enemigo y hacerle huir. Pablo añade: “que es la Palabra de Dios. El Espíritu y la Palabra de Dios están ligados estrechamente (Juan 6:63). Cuando tocamos al Espíritu en la Palabra, ésta se convierte entonces en la espada del Espíritu. El conocimiento bíblico sin el Espíritu, por muy profundo y grande que sea, no nos servirá jamás como arma. Necesitamos el Espíritu y entonces todo conocimiento será útil. 


Un soldado sin espada está indefenso. Por lo tanto, es crucial en el plano espiritual, que siempre la llevemos dispuesta. Sin esta espada corremos grandes riesgos, porque el diablo no nos dará tregua alguna. Esta espada pasa por la Palabra de Dios. Pablo no dice “leyendo un capítulo diario”, sino “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia” (v. 18). Este pasaje nos revela un secreto para acercarnos a la Palabra de Dios. Necesitamos utilizar la oración y no sólo un cierto tipo de oración sino “toda oración”. No se trata de ninguna fórmula especial, sino de que la oración esté mezclada con la lectura de la Palabra. No consiste en un método, es un punto vital porque se trata de asir esta espada para estar bien armados en el combate. Pablo insiste: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”. Esta exhortación no es válida solamente para nuestras reuniones de oración, o para un momento del día, sino “en todo tiempo”, y tenemos que velar con perseverancia. Pablo tenía una verdadera carga y conocía lo débil que es nuestra carne y lo pronto que descuidaríamos esta actividad vital en nuestra vida cristiana. 


El final de estos versículos es también precioso. No se trata de un ejercicio para nosotros mismos, para que tengamos esta espada y podamos resistir al diablo (Efe. 6:11,13). Precisa aún más “con toda perseverancia y súplica por todos los santos”. La Palabra es una gran ayuda para orar por los santos porque a menudo no sabemos cómo hacerlo exactamente (Rom. 8:26). Al acercarnos a la Biblia de esta manera y no como si leyésemos un libro cualquiera, obtendremos una gran ganancia. Estaremos pertrechados para resistir a satanás, como lo hizo nuestro Señor en los Evangelios. Más aún, el Señor tendrá una vía para obrar en los santos por medio de nuestras oraciones y súplicas, que no estarán guiadas por nuestros buenos sentimientos sino por la Palabra de Dios. ¿Cómo podrá Él dejar de contestar a tales oraciones?

 


 


El Señor es la Palabra (El Verbo)[1]

                      Día 3 Julio del 2015          Lectura: Salmo 119: 1-16 


Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros

(y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre),

lleno de gracia y de verdad”

(Juan 1:14) 


                En Juan 1 vemos que la Palabra (el Verbo) es de hecho Dios mismo. En efecto, no sería posible que fuera de otra manera: Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (v. 3). ¿Quién lo ha creado todo, quién me ha creado? Aquí leemos que es la Palabra. Yo no existiría a no ser por la Palabra. Por lo tanto es indispensable que la Palabra sea Dios mismo. 


Más aún, esta Palabra se hizo carne en Jesucristo (Juan 1:14). Se hizo hombre. Cristo mismo es el Verbo. Las Escrituras no son sólo letras ordenadas para formar un texto, sino la Persona de Cristo. ¿Cómo le podríamos conocer a Él sin la Palabra? Al leer los Evangelios descubrimos quién es Él, cuál es Su naturaleza, y lo que está en Su corazón; llegamos a ver que en Él se encuentran la gracia y la verdad, vemos Su justicia y Su fidelidad. 


Esta revelación al comienzo de Juan 1 tiene que ser recibida por todos los cristianos lo más rápidamente posible, para poder venir a la Biblia con una disposición adecuada. Al venir a la Palabra, tenemos que venir a Cristo mismo, y no para buscar un conocimiento cualquiera, ni siquiera una tranquilidad para nuestra conciencia. Jesús mismo les advirtió a los religiosos del peligro de no buscarle a Él: “Escudriñad (o escudriñáis) las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:39-40). Ellos conocían y escudriñaban las Escrituras pero no venían al Dios Vivo. ¡Esto es trágico! Si actuamos de esta forma, no recibiremos nada, dejamos de lado lo esencial. Vengamos a Él en la Palabra para obtener la vida. 


 En Juan 6:63 vemos algo más: esta Palabra es Dios en toda Su plenitud: El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida. El Señor mismo es el Espíritu. “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Cor. 3:17). Esto no es un punto doctrinal sino una maravillosa realidad; Él está hoy tan cerca de nosotros, en nuestro espíritu, y al mismo tiempo en la Palabra a la que venimos para encontrarnos con Él. ¿Qué tenemos que hacer? Si volvemos a Él nuestro corazón, dejando a un lado nuestros problemas y actividades terrenales, tocaremos a Aquél que es el Espíritu. Entonces podremos contemplar Su faz e ir siendo transformados de gloria en gloria (2 Cor. 3:18). No nos conformemos con leer la Palabra, como quien cumple un deber toquemos el poder que hay en Ella. Sin la Palabra jamás podremos experimentar esa transformación gloriosa. Lo que cuenta no es el número de versículos que leamos, sino el hecho de venir al Espíritu. Tomemos la Palabra como un alimento, una provisión y no como una información.


[1] “Palabra” en la mayor parte de los idiomas, “Verbo” en nuestra versión de las Escrituras. (nota del traductor)

 

 


 





 

La necesidad de una revelación

                         Día 2 Julio del 2015                Lectura: Salmo 118 


“Haz bien a tu siervo; que viva, y  guarde tu palabra.

Abre mis ojos,  y miraré las maravillas de tu ley”

(Salmo 119: 17-18) 


                  Tenemos que ver que la Palabra de Dios, la Biblia, no se puede comparar con ningún otro libro. Tenemos que aprender cómo tenemos que venir a ella. La distancia entre los pensamientos de Dios y los nuestros no consiste en algunos metros o kilómetros, ellos están tan distantes como lo está el cielo de la tierra. “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isa. 55:9). Por lo tanto tenemos necesidad de una revelación por parte de esta Palabra para conocer los pensamientos de Dios. Por eso, en Efesios, Pablo ora para que los santos en Éfeso recibiesen un espíritu de sabiduría y revelación. ¡Orad al Señor para que Él os conceda esa clase de espíritu, que ilumine los ojos de vuestro corazón cuando vengáis a la Palabra! 


 En Lucas 24, los dos discípulos que iban hacia Emaús hablaban y discutían sobre las cosas que habían acontecido en Jerusalén. Aunque habían oído que la tumba de Jesús estaba vacía, estaban deprimidos y no lo creían. El Señor se acercó a ellos: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Luc. 24:27). Esos discípulos conocían las Escrituras, pero sus corazones no podían creerlas realmente; necesitaban una revelación: Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Luc. 24:32); esa es también ahora la obra de Dios con nosotros. Hace falta que abramos la Palabra y que Él abra nuestro espíritu y nuestro corazón para que comprendamos Sus pensamientos: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras” (Luc. 24:45). Es necesario que el Señor haga en nuestro corazón la obra que hizo en el de Lidia: “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). ¿No deseáis que el Señor haga lo mismo con vosotros, para que podáis comprender las Escrituras y ser perfeccionados, para poder estar preparados para realizar toda buena obra (2 Tim. 3:17)?

 


 


Mantener una buena conciencia

en todo momento

                               Día 1 Julio del 2015            Lectura: Salmo 117


Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo”

(Hebreos 13:18) 


                Es maravilloso que el Señor limpie nuestra conciencia mediante Su preciosa sangre, pero ¿De qué serviría esto si volviésemos a caer continuamente en la suciedad del pecado?  Sí, nuestra carne está vendida al pecado y nos causa toda clase de problemas. Pero si nos resignamos, sin esfuerzo alguno, o, peor aún, si nos complacemos en ese estado para seguir con las actividades de la carne, nuestra conciencia se endurecerá y se hará insensible. Entonces seguiremos siendo débiles para las cosas de la vida espiritual. 


                Pero Pablo tenía una actitud muy distinta: Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hechos 24:16). Es imposible ser vencedores si no cuidamos nuestra conciencia. Es muy importante ver esto. El mundo hace todo lo posible para endurecer e insensibilizar nuestra conciencia. Pablo procuraba  mantener su conciencia pura ante Dios y ante los hombres. El diablo trabaja con todas sus fuerzas contra la conciencia de los hermanos y hermanas, para hacerla insensible. Comienza con cosas muy pequeñas. Si en esos pequeños detalles acallamos la voz del Señor que nos reprende, nuestra conciencia se dañará. ¿Cómo podemos esperar presentarnos un día delante del Señor con una conciencia dañada y endurecida? Tenemos que esforzarnos en mantener irreprochable nuestra conciencia, delante de los hombres cuando estos nos vean, y delante de Dios cuando los hombres no nos ven.


                Si no velo sobre mi conciencia, no podré guardar el misterio de la fe, y naufragaré más pronto o más tarde con respecto a ella. Sucede que algunos abandonan la fe, lo cual nos entristece grandemente. Entonces nos hacemos muchas preguntas en cuanto a eso. Pero la Palabra es clara: que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia” (1 Tim. 3:9). “Este mandamiento, (recomendación) hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos” (1 Tim. 1:18-19). La recomendación de Pablo es tan importante para nosotros como para Timoteo; si queremos ser vencedores, mantengamos la fe hasta el final. Mantengamos también una buena conciencia. No conforméis vuestra conducta a lo que hacen los demás, seguid la voz del Señor en vuestra conciencia. El que otros se mantengan o no, no es de mi incumbencia, pero soy responsable de mantenerme a mí mismo. Es necesario que permanezcamos utilizables para la obra del Señor. Una enseñanza puede ser sustituida siempre por otra, pero la voz de mi conciencia, si la preservo, siempre permanece ahí. Mi conciencia tiene que ver con mi comportamiento, con todo lo que digo, con todas mis relaciones, y con todos mis actos.


 

 

 

JUNIO:

 


 

Servir en el santuario

                   Día 30 de junio de 2.015              Lectura: Salmo 116


Servid a Jehová con alegría;

Venid ante su presencia con regocijo”

“Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”

(Salmo 10:2; Hebreos 13:15)


                Los sacerdotes que accedían al santuario, a la presencia de Dios, eran llamados a servirle (Ezequiel 44). Nosotros, igualmente, cuando entramos al Lugar Santísimo, somos llamados a ese mismo servicio, “para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Ped. 2:5). ¿En qué consisten esas ofrendas? Realmente son sacrificios de alabanza (Heb. 13:15). El Padre busca a los que quieren vivir para El. Él se goza cuando le ofrecemos nuestras alabanzas.


  No somos llamados a ser servidos, sino a servir. ¿Cómo podremos dejar de alabar a nuestro Dios y Padre cuando vemos que podemos acercarnos a Su presencia y contemplarle a cara descubierta? Pero ese servicio a Dios nos tiene que conducir siempre hacia los hermanos y las hermanas. Somos llamados a traerlos delante del trono de Dios.


             Y allí, en el Lugar Santísimo, recibimos una luz y una provisión particulares. ¡Acerquémonos pues! Así podremos conocerlo más y contemplarlo.


           No permanezcamos en las experiencias pasadas o imitando lo que otros han experimentado; la plena restauración del Señor consiste en que entramos allí para recibir un conocimientos más profundo de Su gloria. En el Nuevo Pacto, el Señor quiere que le conozcan desde el más pequeño hasta el más grande. Un buen mensaje, una buena conferencia, no son suficientes; Él quiere que le conozcamos porque quiere derrotar al enemigo por medio de nosotros.